INSTITUTO LEVANTARÉ, A.R.

 

BENDIGA MI SER A DIOS

 

José Antonio Cano Mirazo

 

 

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Salmo 103:1-2 Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. 2Bendice,  alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios.

 

Todos nosotros sabemos, y lo aprendimos desde muy pequeños porque es algo que nos enseñan, que nosotros como seres humanos somos seres tripartitas, que estamos hechos de espíritu, alma y cuerpo. En el alma es donde se encuentran los sentimientos, las emociones, la voluntad, la inteligencia; todo está ahí en el alma.

 

El cuerpo, es el que nos sirve para estar en este mundo, para podernos mover de un lado a otro, y bueno, el cuerpo en términos normales hace lo que el alma le dice, lo que el alma le ordena. Y el espíritu es por lo que una persona tiene vida, el espíritu es lo que le da vida a una persona.

 

Y en nosotros los creyentes hay una diferencia demasiado grande, ¿cuál es? A nuestro espíritu, a ese espíritu de vida se le unió el Espíritu Santo, se fusionó con él y ahora nosotros tenemos el Espíritu de Dios en nosotros. Por lo tanto, nosotros somos espíritu (pero fusionado el Espíritu Santo), alma y cuerpo.

 

¿Para qué está el Espíritu Santo en nosotros? Bueno, para que nosotros podamos hacer lo que Dios establece, así de sencillo. Nosotros necesitamos ser guiados por el Señor para hacer de acuerdo a lo que dice su Palabra. Esto significa una cosa importante: que el que nos va a dirigir a nosotros como cristianos, como creyentes es el Espíritu de Dios. No va a ser nuestra alma, es el Espíritu.

 

El Espíritu Santo es el que nos va a dirigir para que nosotros hagamos lo que Dios quiere, para formarnos de acuerdo a su voluntad, conforme y sus propósitos. Es por ello que mi espíritu, o nuestro espíritu en el cual está fusionado el Espíritu Santo, le tiene que ordenar a nuestra alma lo que tiene qué hacer para que lo haga, y para que nuestra alma a su vez le ordene a nuestro cuerpo cómo tiene que hacer las cosas.


Muchas ocasiones nosotros escuchamos, incluso cristianos, que dicen que no pueden dejar de hacer ciertos hábitos, de cometer ciertos pecados, y quieren que Dios lo haga por ellos, y esto no es así. El Señor nos ha dado su Espíritu para que nosotros tengamos ese Espíritu que es de amor, de poder y de dominio propio. Nosotros debemos tener el poder y el dominio propio para hacer lo que Dios establece.

 

Y si mi cuerpo se pone al brinco y no quiere hacer lo que yo le digo que haga, entonces mi espíritu le tiene que ordenar. Yo le tengo que ordenar a mi alma que haga lo que Dios establece, no hay de otra. El Salmo 103 fue escrito por David, y podemos leer que esta es una orden para que mi alma y mi cuerpo bendigan a Dios, así de sencillo.

 

Salmo 103:1-2 Bendice, alma mía, a Jehová. Es una orden, es algo categórico que le está diciendo el espíritu al alma: tienes que bendecir a Dios. Y bendiga todo mi ser. Bendiga todo mi cuerpo, todo lo que yo soy el santo nombre del Señor. 2Bendice,  alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios.

 

Tal vez esté viviendo cosas terribles, puede ser que mis circunstancias sean adversas, sean negativas, que tenga problemas en el trabajo o con la gente, o que no me alcance el dinero para suplir mis necesidades, las necesidades de mi familia. Tal vez esté muy angustiado por ello, puede ser que yo o que alguno de mis seres queridos esté enfermo; o tal vez yo no vea un buen futuro, un buen futuro para mis hijos, un buen futuro en lo personal, o para mi familia; tal vez no lo vea.

 

Tal vez yo siento impotencia o tengo impotencia para salir de mis problemas, y hay un momento en el cual me siento devastado. Tal vez que mi estado de ánimo no esté bien, puede ser que sienta tristeza o depresión, o algo, y que yo no esté bien simplemente. En fin, puede ser que esté viviendo el momento más difícil de mi vida, porqué no. Tal vez mis circunstancias sean tan negativas como nunca antes lo han sido. Y esto es muchas ocasiones normal. Vemos las cosas tan tristes, tan trágicas que no le vemos solución, no vemos hacia dónde, ni cuándo salir de esto.

 

Y dice David: no importa cuál sea tu estado de ánimo, ni tu condición, ni tus circunstancias, no importa absolutamente nada, ¡tienes que bendecir a Dios, lo tienes que bendecir! Pero no confundas, tienes que bendecirlo recordando todos los beneficios que has recibido del Señor. Tenemos que bendecirlo, por eso aquí en el Salmo 103:2 dice: Y no olvides ninguno de sus beneficios. No olvides ninguno de los beneficios que Dios ha traído a tu vida.


Si nosotros nos ponemos a analizar cuáles son las bendiciones que Dios ha traído a lo largo de nuestra vida, vamos a ver que son innumerables, son incontables, son constantes, están una tras otra. Aun cuando no éramos cristianos, el Señor nos estaba bendiciendo, pero no alcanzábamos a reconocerlo.

 

Yo hasta que acepté a Jesucristo, cuando le reconocí y analicé mi vida cuando andaba en el mundo, me di cuenta que cantidad de ocasiones, si no es que siempre, Dios me estuvo protegiendo. Y decimos que tuvimos suerte, que las circunstancias nos ayudaron, en fin, pero la realidad es que Dios ha estado al pendiente y siempre está al pendiente bendiciéndonos.

 

Tal vez ahorita tú estés viviendo el mejor momento de tu vida, al contrario de lo que estaba mencionando hace un instante; tengo gozo, tengo felicidad, tengo buena salud, mis seres queridos están bien, tengo dinero para suplir mis necesidades, ahí la llevo, no hay problemas realmente las cosas van funcionando de una manera correcta dentro de lo que Dios establece. Mi relación con el Señor está bien, mi relación con la gente está bien, mi relación con los hermanos en Cristo está sin ningún problema, ¡gloria al Señor!


Dice David: Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Y no olvides ninguno de sus beneficios. No olvides ninguna de las bendiciones que Dios ha traído a tu vida, no lo tienes que olvidar. Tenemos que hacer memoria de una manera constante para recordar qué es lo que Dios ha traído a nosotros, cómo nos ha bendecido, recuérdalo. ¿Por qué? Porque fácilmente olvidamos las bendiciones.

 

Pasa el tiempo y no recordamos lo que Dios ha hecho en nuestra vida, y eso ocasiona que nosotros tengamos problemas de comunión con el Señor, y aun problemas para con quienes nos rodean. Tengo yo que recordar qué es lo que ha venido a mi vida de parte del Señor para que yo tenga la certeza, la convicción de que Dios está en mi vida, y de que Él me seguirá bendiciendo. Y que todos los días de mi vida como dice su Palabra, Él estará conmigo bendiciéndome.

 

Lo tenemos que recordar, que Él seguirá derramando bendición tras bendición, no porque lo merezcamos sino porque grande es su misericordia, grande es su amor. Entonces, tengo yo que estar seguro de esto. ¿Cómo puedo yo estar seguro? Cuando yo recuerdo todo lo que ha hecho. Recuérdalo, analízalo y vas a decir: Él ha hecho todo esto, Él es bueno, Él es fiel, lo seguirá haciendo, me seguirá bendiciendo porque Él es fiel, porque Él es amoroso.

 

Yo debo recordar que mis circunstancias son solamente eso: circunstancias. Pero el amor y la misericordia de Dios están con nosotros de una manera permanente, y estarán con nosotros por la eternidad, no hay más, y así lo tengo que entender. Y el rey David nos lleva precisamente a este análisis, a que nosotros profundicemos en esta situación, para que nosotros le digamos a nuestro propio cuerpo, a nuestra alma que tiene que alabar al Señor, que tiene que recordar todas las bendiciones que Dios le ha dado, para que en los momentos tanto malos como muy buenos, nosotros no olvidemos que todas las cosas proceden de Dios.

 

Cuando nosotros estamos en aflicción no importa qué tipo de aflicción sea, clamamos a Dios para que nos bendiga. Buscamos en la Biblia versículos que nos apoyen en nuestro clamor. Buscamos hermanos en la fe que nos apoyen en nuestra oración. Les pedimos que intercedan por nosotros. Buscamos versículos que nosotros podamos decirle al Señor: Mira, aquí lo dice tu Palabra.

 

Por ejemplo: Jeremías 33:3 Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces.  Son promesas que Dios tiene, promesas para que cuando nosotros clamamos al Señor, Él se manifieste con poder. Cuando yo leo esta Escritura, este versículo yo tengo la seguridad de que mi clamor va a ser escuchado por Dios, y que Él me va a responder, y aún me va a mostrar cosas grandes, cosas que yo desconozco, Él va a hacer cosas extraordinarias.


Muchas ocasiones oramos y le decimos al Señor: Yo no sé cómo lo vas a hacer, pero sé que lo vas a hacer. ¿Por qué? Porque tu Palabra es fiel, porque tú lo dices, porque tú lo escribiste. Y se lo decimos al Señor, y muchas ocasiones también clamamos al Señor y le recitamos los versículos que están en la Biblia, como si Él no los conociera o como si a Él se le hubieran olvidado.

 

Señor aquí dice tu Palabra: Clama a mí, y yo te responderé. ¿Qué pasó? No me has respondido, y aquí lo dice. Aquí dice que me vas a enseñar cosas grandes y ocultas que yo desconozco. No las he visto todavía, y ya pasó tiempo, y ya tengo rato de estar clamando. Y muchas veces le decimos al Señor lo que dice su Palabra. Aquí lo dice ¿eh? Se lo mostramos, somos especiales.

 

Y cuando estamos en aflicción clamamos y oramos, y pedimos apoyo, y pedimos que nuestros hermanos nos ayuden y recordamos, y viene a nuestra mente lo que nuestro Señor Jesucristo le dijo a sus discípulos: Pide y se te dará. Toca y se te abrirá. Señor, te estoy pidiendo: dame. Estoy tocando. Ábreme las puertas. Y le insistimos al Señor: lo dice tu Palabra. Y clamamos y a veces entramos en momentos de desesperación porque no vemos las respuestas de Dios.


Y es cuando dice el rey David:
Alma mía, bendice  a Jehová. No importan las circunstancias que estés viviendo, bendice  a Jehová,  Y bendiga todo mi ser su santo nombre, Y no olvides ninguno de sus beneficios. Es decir, en estos momentos de aflicción que estás clamando y parece que no hubiera respuesta, ¡recuerda todo lo que Él ha hecho! Porque eso te va a afirmar, esto te va a sostener, porque vas a poder decir: Dios ya me ha hecho tantos favores, ha traído tanta bendición que estoy seguro que va a traer más. Y te sostienes y viene la bendición.

 

David es extraordinario, estaba conectado espiritualmente con Dios de una manera grande, maravillosa, ¿por qué? Porque él era un adorador, adoraba al Señor, y adoraba de acuerdo a todo lo que también él había visto, lo que había percibido, todo lo que había a su alrededor y  había podido alcanzar a ver la grandeza de Dios. Tenemos que ver esa grandeza.

 

Nuestro Señor Jesucristo le dice a los discípulos, y lo hemos también aprendido muy claramente: Juan 14:14 Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré. Y entonces siempre en nuestra oración para que no haya duda con el Padre, decimos: Padre, en el nombre de Jesús, de tu Hijo amado, de nuestro Señor, yo te pido… Y entonces le pedimos, así nos enseñó Jesucristo. Y tiene que funcionar, ¡y funciona! Y terminamos nuestra oración y todo esto te lo pedí en el nombre de Jesús, lo dice la Palabra.

 

E insisto, cuando no vemos respuestas de parte de Dios, decimos. ¿Qué pasa? Señor ya lo pedí en tu nombre. En tu nombre pedí y dice que tú mismo lo harías. ¡Hazlo!

 

Juan 15:7 Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho.  

 

¡Qué maravilloso! Si estoy pasando por un momento de aflicción, de tribulación, y no veo la salida y ya tengo rato en esa condición. Mira, la respuesta va a venir. Si yo permanezco en el Señor, voy a ver la respuesta de parte de Dios, voy a ver la bendición. Pero como somos, se nos olvida lo que Dios ha hecho en nuestra vida. Y muchas ocasiones le creemos más a nuestras circunstancias que a Dios, creemos más lo que estamos viviendo, creemos más lo que estamos viendo que lo que dice Dios en su palabra.


Tenemos el ejemplo de Pedro, Pedro le dijo al Señor: si eres tú, manda que yo baje de la barca y que camine sobre las aguas. Y el Señor Jesús le dijo: ¡Ven! Qué momento tan extraordinario, imagina. Se baja de la barca y empieza a caminar sobre las aguas. Y todos los que estaban alrededor estaban impactados, y él ha de haber estado feliz caminando, feliz. Nadie lo había hecho, excepto Jesús que lo acababa de ver. ¡Qué momento tan especial, tan extraordinario! 

 

Pero ese momento de bendición se perdió cuando Pedro empezó a ver sus circunstancias, cuando volteó a ver lo natural, las circunstancias que le rodeaban, y vio que estaba sobre las aguas y que el viento arreciaba; entonces, le dio miedo, perdió la fe y se empezó a hundir.


¿Cuántas ocasiones no nos ha pasado eso? Que estamos en una circunstancia tan difícil, tan especial que hemos clamado al Señor, no hemos recibido respuesta y nos empezamos a enfriar en nuestro corazón, en nuestra relación con Dios. Dicen los cristianos: Se empieza a resfriar. Nos resfriamos, empezamos a perder comunión, empezamos a dejar de orar, dejamos de clamar. Es que ya le pedí y no me contesta. Es que no me oye. Es que yo creo que es su voluntad que yo no reciba bendición. Es más, ya no voy a ir a la iglesia.

 

Y nos empezamos a apartar de las cosas de Dios. Y dejamos de venir a la iglesia, dejamos de tener relación con Dios, dejamos de alabar a Dios, dejamos de hacer lo que Dios quiere que hagamos, y nos vamos apartando de Dios poco a poco, poco a poco. Y es cuando David dice: Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre. Y no olvides ninguno de sus beneficios.  

 

Que en esos momentos difíciles, venga a tu mente: ah, tal vez en estos momentos estoy en una situación crítica pero, he estado así y Dios me ha bendecido. Y Dios me trajo ésta, y ésta y ésta bendición y me tengo que sostener. Porque si permanezco en Jesús, si permanezco en él, voy a recibir la bendición. El problema es que nos apartamos, no vemos las cosas como las queremos y nos apartamos. ¡No te apartes, sostente, afírmate!


Y muchas ocasiones le decimos al Señor: ¿y cuánto tiempo tenemos que orar para que se manifieste tu bendición, para que haya un beneficio a lo que yo te estoy pidiendo?

 

Lucas 18:1 También les refirió Jesús una parábola sobre la necesidad de orar siempre.

 

Orar siempre. Recuerda que la oración es comunión con Dios, y no podemos perder nuestra relación, nuestra comunión con Dios, es importante. Oración no es pedir, oración es relación. Tú tienes relación con la gente que está a tu alrededor, y eso no significa que les estás pidiendo cuando estás con ellos. Entonces, lo que Dios quiere es que tengamos comunión, relación.

 

Por eso dice la Escritura: La necesidad de orar siempre, y no desmayar.  Insistir, no desmayes, no dejes de hacer las cosas, no dejes de orar. Porque también tenemos ese problema, empezamos las cosas con muchas ganas, con mucho ímpetu y poco a poco se van bajando las ganas, vamos dejando de hacer las cosas y llega el momento en que ya no nos interesa y dejamos de hacer lo que estábamos haciendo. No sé por qué somos así, empezamos algo y no lo terminamos. Así somos y podemos mirarlo en cantidad de cosas.

 

Versículos 2-5  Diciendo: Había en una ciudad un juez, que ni temía a Dios, ni respetaba a hombre. 3Había también en aquella ciudad una viuda, la cual venía a él, diciendo: Hazme justicia de mi adversario. 4Y él no quiso por algún tiempo; pero después de esto dijo dentro de sí: Aunque ni temo a Dios, ni tengo respeto a hombre, 5sin embargo, porque esta viuda me es molesta, le haré justicia, no sea que viniendo de continuo, me agote la paciencia.

 

Fíjate qué tremendo. Ah me da tanta lata ésta, que finalmente voy a hacer lo que dice, le voy a hacer justicia porque ya no la soporto. Entre paréntesis, yo creo que esto fue lo que le pasó a Adán cuando vino Eva y le dijo: mira come de este fruto. Y Adán lo vio y le dijo: ¿de qué fruto es? Del árbol ese, de ese que está ahí. Ah, pero te dije que no comieras de ese. Pero está muy bueno, está muy sabroso y no pasa nada, yo ya lo comí y no me pasó nada. ¡Pruébalo!

 

Y Adán le ha de haber dicho: no, Dios dijo que no. Ándale Adán pruébalo. No, Dios dijo que no. No está Dios, nadie te está viendo, cómelo. No. Ándale que sí, que mira, que… ¿Sí conocen cómo son las mujeres? Así le hizo, estoy seguro que así le hizo. Yo lo veo con mi esposa; oye, y esto, y ya esto, y ya le… Sí, pero mañana. Pero es que nada más te estaba recordando. Sí, gracias, ya lo sé, ya te lo entendí, mañana. Insiste, insiste, insiste hasta que Adán dijo: ¡Sí, dámelo! Y agarró el fruto prohibido y lo comió.

 

Pobrecito Adán, le faltó valor pero bueno, le faltó sostenerse, pero bueno. Así lo dice la Escritura, que esta viuda venía y estaba duro y duro y duro. Por alguna razón dice viuda y no viudo; es claro, es claro, nos debe quedar muy claro lo que dice la Escritura. Bueno, y dice la Escritura, y entonces vino esta viuda, esta mujer e insistía tanto con el juez que ya lo estaba cansando. Y el juez se dio cuenta y dijo: ya me está fastidiando, ya va a agotar mi paciencia, mejor hago lo que dice.  Y continúa diciendo la Escritura en el:

 

 Versículos 6-7  Y dijo el Señor: Oíd lo que dijo el juez injusto. 7¿Y acaso Dios no hará justicia a sus escogidos, que claman a él día y noche? ¿Se tardará en responderles?

 

Fíjate la enseñanza de nuestro Señor. Si tú tienes una necesidad, tú tienes que clamar a Dios. Y tienes que venir delante de Dios día y noche, día y noche, día y noche. Y tienes que insistirle a Dios, insistirle y tienes que estar en su presencia en oración, tienes que estar en comunión con Dios, tienes que estar delante de Él platicando, teniendo relación, para que también en un momento determinado le digas: Ah y por cierto, y le vuelvas a insistir, y vuelvas a insistirle. Lo tienes que hacer

 

Hace algunos años hubo una doctrina que surgió en diferentes iglesias cristianas, en donde se decía que no era necesario insistirle a Dios, que con una vez que vinieras y pusieras delante de Él tu necesidad era más que suficiente. Entonces venías, orabas, dentro de tu oración hacías la petición y ya. No tenías que repetir porque Dios ya te había escuchado. Y sí, efectivamente Dios escucha desde la primera ocasión, pero la Palabra nos enseña, Jesucristo lo dijo, que tenemos que insistir, que tenemos que permanecer. Si me interesa algo tengo que insistir y tengo que estar ahí diciéndole, insistiéndole al Señor; y tengo que estar duro y duro y duro.

 

Y lo hemos aprendido y así lo hemos enseñado. Y dependiendo de nuestra necesidad es la cantidad de veces que al día nosotros clamamos a Dios por ese asunto, ¿para qué? Para que Dios nos responda. En ocasiones yo he clamado a Dios por un motivo tantas veces al día que he perdido la cuenta. Y estoy haciendo algo y me acuerdo, y dejo de hacer lo que estoy haciendo, y otra vez le insisto al Señor. Y sigo haciendo lo que estaba haciendo, me acuerdo y otra vez, dejo de hacerlo y voy de nuevo.

 

¿Por qué? Pues porque muchas ocasiones tenemos necesidades muy grandes. Y clamamos muchas veces, incontables veces en un día; como les digo me ha pasado, y siguen semanas, meses, y algunas ocasiones hasta años esperando una respuesta. Pero tenemos que permanecer como dice nuestro Señor Jesucristo, tenemos que permanecer.

 

Y yo he recordado lo que dice el apóstol Pablo en 1 Tesalonicenses 5:17  Orad sin cesar.  Pero esto lo hacemos cuando tenemos una angustia, cuando tenemos una terrible necesidad, un gran problema, cuando estamos en aflicción o estamos en enfermedad, entonces sí oramos sin cesar.

 

Pero ¿qué pasa cuando las cosas están bien? ¿Qué sucede cuando prácticamente todo está bajo control, todo está en paz? Nos olvidamos de orar. No tenemos los tiempos suficientes para entonces venir con Dios y dedicarle un tiempo importante en mi comunión, no lo hacemos. Dios siempre, siempre nos está bendiciendo, en todo momento.

 

Pero cuando estamos, insisto, en aflicción, aun se nos olvidan las grandes bendiciones que hemos recibido, no nos acordamos de lo que pasó. No lo recordamos, no tenemos interés en lo que ya pasó; queremos que el problema de ese momento sea resuelto. Y entonces también nos quejamos, nos sentimos o nos enojamos con Dios. Es común que muchas ocasiones cuando no recibimos algo de parte de Dios, nos enojamos con Dios, y lo culpamos a Él de nuestra desgracia o de la desgracia de algún ser querido, aunque Él no la haya ocasionado, nos enojamos.

 

Conozco cantidad de personas que han dejado la Iglesia cristiana porque están enojados con Dios. Enojados porque un ser querido, un familiar se enfermó y no se ha curado. Y entonces arremeten contra Dios. ¡Están mal! Y sabemos que están mal,  y además ellos están perdiendo. ¿Por qué?  Porque lo único que están haciendo es cortar su comunión con Dios y quitarse las bendiciones que Dios pudiera darles. 

 

En lugar de mantener un tiempo de comunión, un tiempo de oración y de seguir insistiendo y buscando el rostro de Dios, y clamando por una bendición, se apartan. No es lo que debe de ser, pero lo llegan a hacer. ¿Qué pasa, qué haces cuando Dios nos responde? ¿Cuál es la actitud que tú en lo personal tomas para con Dios? Cuando Él responde a tu clamor, y cuando tienes un beneficio, tienes una bendición, ¿qué haces? ¿Te gozas, das testimonio, lo compartes, lo alabas, le das gracias  en una oración, o tal vez te atreves y pasas y das testimonio delante de los hermanos en la fe?

 

¿Qué haces tú en lo particular? Piénsalo, porque vas a ver que el Señor te ha respondido en cantidad de ocasiones, y ¿qué es lo que tú haces? Yo creo que en términos generales y normales nosotros le decimos: “gracias Dios por respondernos. Gracias porque tú me trajiste esta bendición”. Si no nos da pena, pasamos al frente.

 

A mí me han dado testimonio algunos hermanos, testimonios tremendos de lo que Dios hace en sus vidas, de los milagros que ha hecho, y sin embrago no se atreven a pasar al frente y decirlo delante de todos. ¿Y por qué no lo dices? Ah no, me da pena. Dale gracias a Dios, grita el milagro que te hizo. No, me da pena. Bueno. Y con el tiempo olvidamos lo que Dios hizo, olvidamos la bendición.

 

Durante mucho tiempo después de recibir grandes bendiciones de Dios, yo le pregunté: ¿cómo debo agradecer tu bendición, de qué manera? ¿Hay algo especial que yo pueda hacer? Porque estamos hablando con Dios, con el Todopoderoso, con el que todo lo tiene. ¿Qué puedo hacer? Porque muchas ocasiones también decimos: es que siento que no es suficiente con decirle gracias, ¿qué hago?

 

Y sabemos que hay quienes dicen: bueno, a partir de hoy después de este gran milagro que Dios me ha hecho, me voy a aplicar a ser un buen cristiano, voy a dejar por completo el pecado. Y al poco tiempo otra vez están en lo mismo. Son como las promesas que se hacen a fin de año. A partir de este momento voy a empezar un nuevo año sin fumar. Y apagan el cigarro. Dos tres horas más, y van y lo buscan, y lo levantan y lo prenden. Ya se olvidó.

 

Lo hemos visto, hemos escuchado esas promesas y aun las hemos vivido, y tal vez hasta las hemos hecho. Entonces, venimos y le decimos a Dios: ¿cómo agradecer? El decir gracias se me hace muy poquito, decirte te entrego mi vida, pues no lo vamos a hacer. Entonces, ¿cómo puedo agradecerte Señor?

 

Y el Señor me llevaba a la Escritura donde dice que tenga un corazón agradecido. Un corazón agradecido, un corazón que le ame verdaderamente, un corazón que esté dispuesto a hacer su voluntad, esto es lo que Dios quiere. Y me mostró algo que a mí me impactó y me gustó, y me dijo: la misma cantidad de veces que clamaste por la bendición, es la misma cantidad de veces que debes dar gracias por recibir la bendición. Así.

 

Si tú en un día clamaste 10 veces por el milagro, por la bendición, 10 veces tienes que dar gracias. Y si lo hiciste durante un mes, 10 veces todos los días un mes;  da gracias 10 veces todos los días por un mes. La misma cantidad. Porque viene el gran milagro, estamos maravillados y en ese momento le decimos al Señor: Gracias. ¡Y ya! 

 

Y yo creo que como Él me decía, debemos nosotros buscar el rostro de Dios y una vez más decirle: gracias. Y en el momento que me acuerdo: Señor, gracias por este milagro, gracias por esta bendición yo te alabo por esto. Y seguir con lo que estamos haciendo, y al rato otra vez e insistir. Y veo y entiendo a David cuando decía: Bendice, alma mía, a Jehová, Y bendiga todo mi ser su santo nombre.  Bendice,  alma mía, a Jehová, Y no olvides ninguno de sus beneficios.

 

Esto es tener un corazón agradecido con Dios, estár recordando lo que Dios ha hecho en mi vida para decirle a mi ser de una manera completa en alma y cuerpo: ¡Bendice a Dios, bendícelo! ¿De qué manera? ¡Entrégate a Él! Haz las cosas conforme y Él las establece. Haz lo que Él te dice que hagas. No hagas tu voluntad, no permitas que tu cuerpo le ordene a tu mente lo que tiene qué hacer.

 

No dejes que tu mente, que la mente que antes tenías, la mente mundana gobierne a tu cuerpo. Permite que tu espíritu en donde está fusionado el Espíritu Santo, sea el que le ordene a tu alma lo que tiene qué hacer. Le ordene a tu cuerpo y a todo tu ser lo que tiene qué hacer; solamente así vamos a poder caminar conforme y la voluntad de Dios. Que el Espíritu Santo en mí le diga a mi alma: ¡alaba a Dios, entrégate al Señor, no permitas que el pecado esté en tu vida, no lo hagas, recházalo!  Le tenemos que ordenar. 

 

Ay, pero ¿cómo me voy yo a ordenar a mí mismo? Hazlo, hazlo. Ordénale a tu mente que piense conforme y Dios lo establece. Ordénale a tu mente que haga las cosas y que le ordene a tu cuerpo que haga las cosas conforme y la voluntad de Dios, ordénaselo. Date órdenes a ti mismo, te va a funcionar. A David le funcionó, David hizo la voluntad de Dios, y David fue muy bendecido. Tenemos que hacer lo mismo.

 

El problema es que nosotros nos damos concesiones. Ay bueno, pues qué importa, tantito, cuál es el problema. No, un día más. Ahora si voy a hacerlo, pero... Pero como decimos con las dietas: el próximo lunes, ahí voy a empezar, mientras va para adentro. Llega el lunes, se nos olvidó que era lunes, “no nos dimos cuenta”, como que se borró del calendario, seguimos y decimos: Ah, ayer fue lunes. Bueno, no importa empiezo mi dieta el próximo lunes.

 

Y lo vamos posponiendo y lo vamos posponiendo. Y llega el momento en que cuál dieta, no se hace nada. Y así pasa con las cosas del Señor. No, para la próxima semana sí me aplico a lo que Dios dice. El próximo domingo, no este no, al otro de la otra semana sí voy a llegar temprano, voy a ser puntual. Ahora sí en cuanto empiece el nuevo curso llego a buena hora. Ahora sí, al siguiente evento voy a ser el primero que se anote. ¡Ay sí, ajá! Pero nunca nos ordenamos a nosotros mismos lo que tenemos qué hacer de lo que Dios establece,  y entonces fallamos y volvemos a fallar.

 

David, a David se le hace fácil. Salmo 103, y a partir de este momento David hace una larga lista del por qué, de lo que Dios ha hecho por él. Salmo 103:3  Él es quien perdona todas tus iniquidades. De Él viene el perdón, ese es un motivo importante para ver el gran beneficio que tú tienes de la gran bendición de parte de Dios.

 

 El que sana todas tus dolencias. Otro motivo, todos hemos recibido esto que dice David. Todos hemos sido perdonados de nuestros pecados, y Dios sigue sanando nuestras dolencias y nos sigue perdonando.

 

Versículo 4  El que rescata del hoyo tu vida, El que te corona de favores y misericordias. Todos los días son nuevas las misericordias de Dios, y todos los días nosotros podemos tomar de esas misericordias nuevas, todos los días sin faltar uno solo. Y lo vemos y lo vivimos, y nos gozamos en el momento en que lo estamos teniendo, ¡pero se nos olvida!

 

Versículos 5-7 El que sacia de bien tu boca De modo que te rejuvenezcas como el águila. 6Jehová  es el que hace justicia Y derecho a todos los que padecen violencia. 7Sus caminos notificó a Moisés.

 

Y sigue hablando de una larga lista. Tenemos que recordar todos los beneficios que hace Dios, no lo olvides, recuérdalos. Alaba al Señor por ello, dale gracias a Dios por ello, no te frenes, no creas que estás exagerando si le insistes varias veces dándole gracias. No exageras, es lo menos que nosotros podemos hacer, no hay nada que nosotros le podamos regalar, que le podamos dar a Dios; sino nuestro reconocimiento, nuestro amor, nuestro libre albedrío, nuestra voluntad.


Por tanto, si hay algo en nosotros que no va de acuerdo a lo que dice la Palabra, le tenemos que ordenar que haga las cosas conforme y lo dice la Palabra. Te ordeno que dejes de robar. Te ordeno alma, que dejes de beber. Te ordeno que dejes el pecado. Te ordeno en el nombre de Jesús. Y va a obedecer, va a obedecer tu cuerpo. No necesita venir nadie para decírtelo, tú te lo tienes que decir a ti mismo.


Claro, no es fácil, es difícil el reconocer cuáles son tus problemas y ordenarte a ti mismo que no los hagas. Te ordeno que alabes a Dios, te ordeno que seas puntual, te ordeno que asistas al curso, te ordeno que no faltes a los eventos, te ordeno que vengas a la noche de adoración, te ordeno que vengas a la cena del Señor, te ordeno que cumplas con la Palabra, te ordeno que hagas las cosas conforme y Dios lo establece. Te ordeno…

 

Y ordénale a tu cuerpo lo que tiene qué hacer. Dale orden, ordénale a tu alma, y no olvides ninguno de los beneficios de Dios. ¿Amén?

 

Bendito Dios y Padre eterno, te doy gracias Señor por tu amor, por tu misericordia. Te doy gracias porque tú siempre estás con nosotros bendiciéndonos, porque como dice tu Escritura, en todo momento tú estás llenándonos de todo bien. Te alabamos, te bendecimos, te damos la gloria y la honra. Y manifestamos un corazón de gratitud, un corazón que te reconoce, tanto en lo íntimo como delante de la gente. Te reconocemos y te damos gracias.

 

Que mis hermanos Señor y yo mismo, tengamos cada día más consciencia y no olvidemos de todo lo que tú has hecho por nosotros. Te alabo y te glorifico, en el nombre que es sobre todo nombre, en el nombre de tu Hijo amado, nuestro Señor y Salvador Jesús, amén.

 

Dios los bendiga.

 

 

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