INSTITUTO LEVANTARÉ, A.R.

 

EL REINO ES PODER

 

José Antonio Cano Mirazo

 

 

1 Corintios 4:20 Porque el reino de Dios no consiste en palabras, sino en poder.

 

Traducido este versículo a la actualidad yo creo que diría: el reino de Dios no es choro, es poder. Yo puedo advertir que la humanidad desde que es humanidad, ha estado oyendo palabras, y más palabras y más palabras; palabras sabemos que escuchamos, palabras de cambio el cual no vendrá. Palabras de promesas que no se cumplirán; palabras de compromisos que no se respetan. Palabras de servicio que no se respaldan. Oímos palabras de difamación, palabras de mentira, palabras de engaño, palabras de deshonestidad, en fin oímos palabras y más palabras.

 

Y yo creo que en términos generales la humanidad está cansada de oír palabras. Estamos cansados de oír palabras principalmente, y lo sabemos, de los políticos; pero no es privativo de ellos el hablar palabras que no van a  cumplir, sabemos que esto es algo muy común de parte de la humanidad. Sabemos que muchas ocasiones las parejas nos prometemos cosas, o nos decimos cosas que pasa un poco el tiempo y no cumplimos y cambiamos.

 

Ah es que te amo como no amo a nadie, y voy a estar contigo toda la vida. Lo que tú me pidas. Y después de un tiempo ya se separaron, ya la corrió de la casa, algo ya pasó, ya la golpeó, ya no lo soporta, ya no se aguantan, en fin. Y sabemos que todas las promesas quedaron en eso, en promesas. Sabemos que los políticos dicen algo y hacen lo contrario a lo que dicen, dicen que van a hacer, y no hacen.

 

Y la humanidad está acostumbrada a escuchar todo tipo de palabras, estamos acostumbrados a ello, pero yo insisto, yo siento que así como yo, mucha gente está cansada de las palabras de los demás, desde los más lejanos hasta los más cercanos. No queremos oír más palabras que no se cumplen, no queremos oír más palabras que no dicen la verdad, palabras a través de las cuales aún la gente más cercana como hijos o cónyuges, nos llegan a mentir o nosotros les mentimos a los demás; palabras y palabras.

 

Y esto para mí es preocupante, y vemos en la Biblia que dice que el reino de Dios es poder y no palabras. Curiosamente el apóstol Pablo percibe esto de parte de Dios, Dios le dice que lo escriba, ¿por qué? Porque el reino de Dios lo que menos le interesa son las palabras. Dios no quiere caer en lo que ha caído la humanidad, en palabras, en una palabrería, no le interesa. Dios es diferente, Dios nos creó de un modo y nosotros nos desviamos.

 

A quienes nosotros les compartimos de nuestro Señor Jesucristo por lo general, queremos convencerles a través de nuestras palabras. Queremos convencer su corazón, queremos ser elocuentes con ellos, y queremos mostrarles que conocemos la Biblia, que la sabemos bien, que conocemos aun de Dios, que conocemos mucho de Dios.

 

Pero por lo general no le mostramos a la gente que le compartimos el poder del reino de Dios.  Y no lo hacemos así porque muchas ocasiones nosotros, no hemos traído en plenitud el reino de Dios a nuestra vida, y ese es un problema. Porque para nosotros es más fácil hablar palabras que actuar en poder, que orar y hacer las cosas conforme y la voluntad de Dios y traer bendición a los que están a nuestro alrededor.

 

Nuestro Señor Jesucristo, nosotros cuando leemos el Evangelio lo vemos, no solo predicó sobre el reino de Dios sino que mostró que en el reino de Dios que había descendido con él había poder. Mostró el poder de Dios en él y lo trasmitió a los demás.

 

Dice Marcos 5, que una mujer que padecía de flujo de sangre, vino por detrás de la multitud hacia nuestro Señor Jesús, con el propósito de tocar su manto. Vino, se abrió paso y cuando tocó el manto del Señor en ese momento ella recibió sanidad. Después de doce años de enfermedad ella sanó, impresionante. Pero lo que es de llamar la atención es lo que el Señor Jesús dijo de inmediato.

 

Marcos 5:30 Luego Jesús, conociendo en sí mismo el poder que había salido de él. Es decir, se dio cuenta que de él había salido poder. Qué especial, el poder que había en Jesús, algo salió, él sintió que salió en el momento indicado cuando una persona tocó su manto. Y a mí  me llama la atención porque era una multitud la que iba detrás de Jesús, era muchísima gente la que iba, incluso, se agolpaba con él.


Sin embargo una persona que traía en su mente recibir una bendición de Jesús, que sabía del poder que había en Jesús porque era el Mesías, se abre paso entre la gente, entre la multitud, llega hasta Jesús y toca su manto. Pero ese toque fue diferente al demás toque de la gente; el demás toque de la gente era de empujón. Este fue con un propósito, buscando sanidad, buscando que el poder de Jesús saliera de él y sanara a la mujer. Por eso la mujer decía: si tan solo toco su manto, seré sana. ¡Y así fue!

 

Y Jesús lo manifiesta y les dice a todos los que estaban ahí y a sus discípulos que estaban alrededor: ¿quién me tocó? Porque sintió el poder salir de él. Y los discípulos le contestaron: por favor Jesús, todo mundo te está apretujando, o sea, ¿cómo nos preguntas quién fue? Y ya la persona oyendo dijo: Fui yo, yo te toqué. Y Jesús le dijo: Por tu fe has sido sanada.

 

Nuestra fe mueve al Señor para que salga poder de él para bendecirnos. Nosotros somos hijos de Dios, el mismo Espíritu que estaba en Jesús nuestro Señor, está hoy día con nosotros, el poder del Espíritu Santo. El Espíritu Santo que moraba en Jesús, hoy día mora en cada uno de nosotros, es decir, el poder está en nosotros. Nuestro Señor Jesucristo le dijo a los discípulos cuando iba a ascender al cielo, los reunió y les dijo: Recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo. Y cuando eso suceda, me van a ser testigos en toda la tierra, empezando por Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra.

 

No los mandó a predicar, no los mandó a enseñar la Palabra, a hablar sobre el reino de Dios sin antes haber recibido el Espíritu Santo que es un espíritu de poder. El Señor Jesús les dijo: van a hacer esto, pero primero tienen que esperar a que el Espíritu Santo descienda, tienen que esperar a que reciban poder. ¿Por qué lo estaba haciendo así Jesús? Para que los discípulos no fueran con palabras a hablar sobre el reino de Dios.

 

¿Por qué? Porque finalmente las palabras van y vienen, las palabras se van, las palabras dicen, no se cumplen. Lo podemos ver con todos los políticos. A mí me llama la atención ahí en internet como ponen ataques contra diferentes políticos, claro el que está atacando, al que ellos defienden es el bueno, todos los demás son mentirosos, todos los demás son corruptos, todos los demás son difamadores, todos los demás son de lo peor; su candidato es el bueno, es el honesto, es el honrado, es el capaz, es el todo. Y la verdad todos, todos son iguales, todos.

 

Una ley natural y espiritual, dijo Dios cuando creó este mundo: Cada árbol dará fruto según su género. ¿Cuál es el género del político? Ser político. ¿Cuál es su fruto? Lo conocemos, no lo vamos a repetir, no queremos ofender a nadie, ¡ese es el político! Ah pero es que este es rojo, por eso es todo lo malo. Ajá. Ah es que ese es verde, es malo. Ese es amarillo.

 

¡Es igual, y el blanco es igual, y el de color es igual; y no importa si el político está en este país, está en Estados Unidos o está en cualquier parte del mundo, todos los políticos son iguales! ¿Por qué? Porque son del mismo género, políticos, y van a dar el mismo fruto. Así son, unos más, otros menos pero todos lo van a dar. Es por ello la preocupación de nuestro Señor Jesucristo por su Iglesia, porque hoy día nosotros somos un género diferente al mundo, hoy en día nosotros somos cristianos, seguidores de Jesús. Y nosotros tenemos que dar un fruto de acuerdo a nuestro género como cristianos. ¿Cuál fruto tenemos que dar? El fruto del Espíritu Santo porque tenemos el Espíritu Santo.

 

¿Cuál es? Amor, gozo, paz, paciencia, bondad, benignidad, fe, mansedumbre, templanza. Ese es el fruto que tenemos que dar, y si no lo damos algo está fallando en nosotros, y no es el Espíritu Santo, no es Dios, no es Jesucristo; ¡somos nosotros! Hemos recibido un Espíritu, dice la Escritura, un Espíritu que es el Espíritu Santo que es un espíritu de amor, de poder y de dominio propio. Es decir, que Dios  nos ha dado el poder para hacer.

 

¿Hacer qué? Lo que sea necesario. Orar por un enfermo, orar por un desahuciado, orar por alguien que está mal, orar por alguien que está mal en el trabajo, orar por alguien que no tiene trabajo, orar para que se manifieste el poder de Dios y reciba bendición. Ese es el reino de Dios, es el reino que ha descendido a nuestra vida, el reino de Dios.

 

Y el reino de Dios es poder. Nuestro Señor Jesucristo le dijo a los discípulos: recibirán poder para ir a todo el mundo y testificar de mí. No los mandó a hablar palabras, los mandó en poder. Y el poder es la manifestación del Espíritu Santo, la manifestación de que el reino de Dios está en nosotros.

 

Si yo voy a un lugar y le comparto a una persona sobre el reino de los cielos, y no lo hago en el poder del Espíritu de Dios, la persona va a pensar que solamente le estoy hablando palabras. Que solamente le quiero convencer de una ideología que yo tengo.

 

Y no se va a convencer por más elocuentes que nosotros seamos. Y le podremos hablar muy bonito, y con palabras muy bellas y con palabras domingueras, no va a pasar anda. Pero si nosotros vamos en el poder del Señor y le mostramos que el reino de los cielos es poder, esa persona va a cambiar, lo dice la Escritura.

 

1 Corintios 2:1 Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.

 

Fíjate, Pablo hablándoles a los corintios, recordándoles la forma en que él llegó precisamente a la ciudad de Corinto. Él llegó ahí enviado por Dios para testificar de Jesús, para hablar del Señor. Iba a dar testimonio dice de Dios; pero no fue con palabras de sabiduría, no fue con palabras de un altísimo nivel, de esas palabras que el pueblo no entiende, que solamente ciertas personas muy estudiosas, muy estudiadas. Dice Pablo: yo no fui así, yo no llegué de este modo con ustedes.  Y continúa diciendo.

 

Versículo 4 Y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, o sea, yo no fui a convencerlos con palabras bonitas, con palabras sabias, con palabras que les convencieran, yo no fui así. Dice: sino con demostración del Espíritu y de poder.

 

Mis palabras sobre el reino de Dios tienen que estar respaldadas en el poder del Espíritu Santo, así fue Pablo. Y cuando leemos el Nuevo Testamento, todo lo que escribió el apóstol Pablo nos damos cuenta del poder de Dios. Y veos cómo el apóstol hizo lo que el Señor Jesús ordenó que se hiciera. Lo que Jesucristo nuestro Señor hacía durante su tiempo de ministración, sus tres años y medio que fue ese tiempo, así lo hizo él. Y todo lo que él hizo dice: ustedes lo van a hacer, ustedes lo tienen que hacer, no puede ser de otro modo.

 

Versículo 5  Para que vuestra fe no esté fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

 

Y esta es la razón por la cual el Señor estableció que se predicara su Palabra con poder, en el poder del Espíritu Santo; con sanidades, con liberaciones, con milagros, con prodigios, con señales, con todo lo que sea el poder. Para que la gente no confunda y para que la gente no diga: a mí me convencieron las palabras tan bonitas que me habló una persona de una nueva ideología. Yo era de tal religión pero, me hablaron tan bonito que me convencieron de otra cosa.

 

Es como, y yo lo digo, que muchas ocasiones pareciera que luego como cristianos al evangelizar, al anunciar a nuestro Señor Jesucristo, estamos llevando un producto aun de mala calidad. Porque insistimos: Ándale sí, mira, él te va a bendecir, el Señor Jesús te ama, el Señor te va a bendecir, el Señor va a tomar control de tus enfermedades, él te puede ayudar, cree en él, ándale sí, anda acéptalo, recíbelo en esta hora y vas a ver que tu vida va a cambiar. 

 

Ya nada más nos falta decirle a esa persona: mira, te voy a dar una lana, ahí te va, recíbelo y déjame orar por ti. ¡No, no es  así!  Yo no puedo ir y predicar con palabras bonitas, con palabras lisonjeras, con palabras de sabiduría humana; yo tengo que ir en el poder del Espíritu Santo. Claro, para ir en el poder del Espíritu Santo, yo necesito estar en comunión con Dios, necesito estar en una plena relación con Él, para que entonces yo pueda orar y declarar lo que no es, para que sea, para que vengan los milagros.

 

Yo no tengo porqué tener temor de ir a un hospital y orar por un enfermo, si yo tengo comunión con Dios, yo sé que el reino de Dios es poder y voy a ir a ese lugar no a hablar palabras bonitas, voy a ir a orar en el poder del Señor para que esa persona sea sanada; para que una situación sea transformada; para que un endemoniado sea libertado, para que un oprimido reciba libertad. Es el poder, es lo que hacía Jesús.

 

Leemos el Evangelio y vamos a encontrar cómo Jesús lo hacía, desde que inició su ministerio. Después de los cuarenta días que estuvo en el desierto, dice la Palabra que Jesús regresó en el poder del Espíritu Santo, y su fama se extendía. La gente lo conoció, ¿por qué? Por el poder que había en él. Regresó en el poder del Espíritu Santo, imagina. Y así lo vemos, el poder de Dios se manifiesta en nosotros porque tenemos el mismo espíritu.

 

Y si no se está manifestando el poder de Dios, es porque tu comunión con Dios anda fallando, necesitas fortalecer tu comunión con Dios, para que entonces el poder de Dios se manifieste y hagas los mismos milagros que hizo Jesús, los mismos. Para que podamos declarar lo que no es como si fuera; y para que podamos recibir lo que Dios dice que es nuestro.

 

Pero estamos sufriendo, y en nuestras oraciones luego le estamos manifestando al Señor hasta incredulidad con cosas que dice la Palabra que deben suceder porque son promesas de Dios, por las cuales nuestro Señor Jesucristo ya pagó; y le estamos rogando al Señor que se manifieste, cuando el Señor lo que quiere es que ejerzamos el poder.


Como le dijo a Moisés cuando salieron de la tierra de Egipto. Ahí viene todo el pueblo de Israel, dice la Palabra seiscientos mil hombres, más mujeres y niños. Llegan a la orilla del mar, voltean y viene el ejército de Faraón sobre ellos; qué momento tan difícil. El pueblo ve al ejército de Faraón y le entra temor, y le dice a Moisés: ¿a qué nos has traído? Nos va a matar aquí el ejército, estábamos mejor allá en Egipto. Sí estabas mejor, de seguro, de esclavo; trabajando de más, comiendo de menos.  ¡Se le olvidó al pueblo su condición, su situación!

 

Y en ese momento le dice a Moisés: ¡Haz algo! Y sabemos que dice la Palabra que vino Moisés, oró a Dios y le dijo: Señor, ve la situación en la que estamos, ve al pueblo cómo me habla. El pueblo está enojado. Y es impresionante la respuesta de Dios: ¿Por qué clamas a mí? ¿Qué harías en el momento que tú vienes delante del Señor por un problema grave que tienes, y oyes la voz de Dios que te dice: y por qué clamas a mí? ¿Qué le contestarías? ¿Por qué? Pues porque eres Dios, porque eres el Todopoderoso. ¿Por qué? Porque no hay nada imposible para ti, porque tú todo lo puedes hacer; trae esta bendición a mi vida.

 

Moisés se queda sorprendido y le dice Dios: Toma tu vara, extiéndela al mar y divídelo. Ordénale al pueblo que marche. Y entonces Moisés viene y le dice al pueblo: marchen hacia el mar. El mar estaba normal. Imagina ese momento, ¿qué dirías tú? Sí vamos a marchar, sí voy. Moisés, nos vamos a ahogar, no sé nadar, traemos cosas nos vamos a hundir, a dónde vamos a ir. Moisés, estás mal.  Y Moisés les dice: Dios hoy nos va a libertar, dejaremos de ser esclavos, marchen.

 

Y el pueblo cree, el pueblo obedece, obedece la voz de aquel que tenía la autoridad. Y empieza a caminar hacia el mar y en el momento que va caminando hacia el mar, Moisés extiende su vara, el mar se abre y pasa el pueblo. El Espíritu que tenía Moisés, el Espíritu que estaba en él, el Espíritu de Dios, es el mismo que está en ti, es el mismo que está en nosotros. ¿Qué es lo que tenemos qué hacer? Tomar la autoridad, ejercer el poder que está en nosotros por el Espíritu Santo, y hacer lo que tenemos que hacer para que las cosas se den.

 

Así tiene que ser. Nuestra fe no está cimentada en palabras, o en la sabiduría humana; nuestra fe está cimentada en el poder de Dios, en el Dios verdadero, ahí está cimentada mi fe. Yo sé que todo lo que Dios ha dicho que va a suceder, y que me lo dijo hace treinta y cuatro años, y que muchas de esas cosas no se han cumplido, yo sé que se van a cumplir.

 

No porque el hombre quiera que se cumplan, no porque el hombre haga lo que sea para que se cumplan, ¡no! Se van a cumplir por el poder de Dios. Por la fe que tuve y que sigo teniendo en el Señor, y se van a cumplir. Así cada una de las promesas que hay del Señor para ti, se van a cumplir en su poder; pero tenemos también que hacer lo que debemos hacer y traer eso.

 

Dice la Escritura en Lucas 8, que el Señor Jesús con sus discípulos entró a una barca para pasar del otro lado, mientras navegaban Jesús se quedó dormido, estaba cansado, y el ir navegando, y en el lago muy a gusto, se quedó dormido, profundamente dormido. Una vez que él se duerme, dice el relato que se desencadenó una tempestad de viento que anegaba la barca, y todos los que iban en la barca peligraban.

 

Eran pescadores, habían vivido muchas ocasiones momentos difíciles. Juan, Andrés, Jacobo, Pedro, habían vivido momentos yo creo que de tempestad al ir a pescar. Momentos en los que incluso había estado en peligro su vida, sin embrago, en esta ocasión al ver que se anegaba la barca, que se estaba llenando de agua podían morir. Yo no sé en otras ocasiones similares qué es lo que ellos hacían. Tal vez todos los que iban en una barca que vivieron algo similar de ellos mismos, pues empezaron a desaguar para que no se hundiera la barca.

 
Pero en este caso como iba Jesús y Jesús estaba dormido, y ellos sabían que Jesús era el Mesías, sabían que en él había poder, entonces van y lo despiertan y el dicen: ¡maestro, levántate que perecemos, vamos a morir! Y entonces Jesús con toda calma se levanta, ve las circunstancias, ve lo que está pasando, y dice la Biblia que reprende al viento y a las olas, y todo vuelve a la tranquilidad. Y el Señor voltea y les dice: ¿dónde está vuestra fe? ¿Dónde la dejan en los momentos difíciles? ¿Dónde dejan su fe en estos momentos en los cuales es necesario que ustedes actúen en fe para salir del problema?

 

Y eso nos pasa, cuando tenemos problemas fuertes que se salen de nuestro control, que nosotros no podemos controlar esos problemas, entonces entramos muchas ocasiones en pánico,  entramos en crisis, en desesperación, en angustia. Y en esos momentos por todo esto se nos olvida la fe, y se nos olvida el poder que hay en nosotros por el Espíritu Santo. No lo tenemos que olvidar, es el momento de ejercerlo.

 

Estoy en este momento difícil, bajo estas circunstancias complicadas, estoy en esta situación, en esta condición, ¿qué tengo que hacer? Primero tranquilizarme. Dice la Palabra que dijo el Señor: En paz y en reposo serás salvo. Iba huyendo el profeta porque lo iban a matar, iba desesperado, Jezabel venía detrás de él. El profeta había matado a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal, Jezabel estaba enojada, quería ver muerto al profeta. Iba huyendo el profeta de Dios.

 

Y dice que hay un momento en el cual hay un temblor y el profeta busca a Dios en el temblor y no lo encuentra. Hay un grande fuego y el profeta busca a Dios en ese grande fuego y no lo encuentra. Cuando andamos en la desesperación y corriendo, no vamos a encontrar a Dios. Dice la Biblia que el profeta se tranquilizó, se calmó, y dice que en el silbo delicado y apacible, ahí estaba Dios. Necesitamos bajar nuestra adrenalina para poder estar en comunión con Dios y hacer lo que tenemos que hacer para que el poder de Dios en nosotros se manifieste y hagamos lo que tenemos que hacer.

 

Nuestro Señor Jesucristo, lo vemos, no predica las buenas nuevas de salvación como simples palabras; su ministerio se basa en manifestar que el reino de Dios es poder, y que ese reino de Dios había llegado a los hombres, y ahí estaba presente, y ahí estaría el reino de Dios. Y cada vez que una persona acepta a Jesucristo, recibe a Jesucristo y viene el Espíritu Santo a él, el reino de Dios se establece en esa persona.

 

Y es el tiempo de hacer señales, milagros y prodigios. Es el tiempo de que haya sanidades, liberaciones y grandes cosas de parte de Dios a través de ti, no tenemos que ir a buscar a nadie. Yo estoy en contra de esos grandes predicadores, renombrados predicadores internacionales que vienen o que van a alguna ciudad, y llenan un gran lugar porque van a orar a Dios y van a hacer grandes milagros. Y te prometen sanidades y te prometen de todo; sí, ellos sí saben lo que hacen.

 

Pero los que van, el noventa y cinco por ciento de los que van que son cristianos, podrían ejercer el mismo poder que ese predicador, el mismo. Pero no lo hacen o no lo hacemos, y es tiempo de ejercer para que vivas mejor, para que el poder de Dios que hay en ti, se manifieste y tome control de las cosas que quieras que tome control.

 

Nuestro Señor Jesucristo, y lo sabemos al leer el Evangelio, sanaba enfermos, liberaba cautivos, daba libertad a los oprimidos, hacía señales, prodigios, milagros. Era tanto que la gente traía a él a sus enfermos para que los sanara. Así fue su ministerio tres años y medio. Los discípulos le han de haber dicho en la intimidad a Jesús: ¿Y ahora qué vamos a hacer? Te vas a ir, ¿qué va a pasar con nosotros? Jesús les dijo: no se preocupen, recibirán poder una vez que haya venido sobre ustedes el Espíritu Santo.


El Espíritu Santo, dice 2 Timoteo 1:7, que es un espíritu de amor, de poder y de dominio propio. Que tenemos que ejercer. Muchas ocasiones decimos. Ah es que yo no tengo las fuerzas para hacer esto. No, y te creo, pero tienes el Espíritu Santo que es un espíritu de dominio propio, ejércelo y toma control de ti y haz lo que tienes que hacer.

 

Es que no puedo dejar de fumar, ya le pedí a Dios que me quite el vicio, y el día que Dios quiera yo voy a dejar de fumar. No pues, ¿qué crees? ¡Andas mal! Tienes el poder para dejar de fumar, el poder del Espíritu Santo. Tienes el dominio propio para dejar de fumar, ¡ejércelo! Y además tienes el amor del Espíritu Santo, para amarte tantito y dejar de hacer lo que no es correcto.


Dios es maravilloso y pensó en todo. ¿Cómo puedo fortalecer a esta humanidad débil, esta humanidad que no da una? ¿Qué puedo hacer por ellos, cómo puedo hacer que ellos caminen en mi voluntad, que transformen ellos mismos las cosas? Ah, muy sencillo: Espíritu Santo vas a ir con ellos, vas a entrar de una manera personal a cada uno de los que te reciban, eres Omnipresente y lo puedes hacer.

 

¡No va a haber pretexto! El cristiano no tiene pretextos para no hacer la obra que tiene que hacer. No tenemos pretextos para poderle decir a Dios: Ah Señor es que como yo no tenía el poder, pues pasó esto, o sucedió lo otro. Porque el Señor te va a decir: Sí, si tenías el poder, porque en ti estaba el Espíritu Santo. 

 

Por eso para mí es impresionante cuando Dios le dijo a Moisés: ¿por qué clamas a mí? Ejerce lo que yo ya te di, y toma control de las cosas, tú. Pero nos es más fácil decirle al Señor: Haz. A nosotros declarar las cosas para que sucedan; y lo tenemos que declarar, lo tenemos que hacer, no hay de otra. Cuando en los apóstoles se cumple la promesa y reciben el Espíritu Santo, el Espíritu de poder, empiezan a testificar de un modo muy especial porque Dios estaba con ellos. 

 

Hechos 4:33 Y con gran poder los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús, y abundante gracia era sobre todos ellos.

 

 El mismo Espíritu Santo que descendió sobre Jesús cuando salió de las aguas, el mismo Espíritu Santo que descendió en los discípulos en esta ocasión, es el mismo Espíritu Santo que hoy descendió en nosotros, es el mismo poder, es el mismo reino de Dios. Y el reino de Dios dice el apóstol Pablo, no consiste en palabras, consiste en poder.

 

Por lo tanto, nuestro testimonio debe ser en el poder del Espíritu Santo. Nuestro testimonio no puede ser nada más de palabras, no puede ser con la demostración de que yo me sé citas bíblicas y te las recito para que veas que tengo buena memoria. ¡NO! Tiene que ser con poder, con gran poder. 

 

Es el atrevernos a ir con una persona que tiene una necesidad, y decirle: ¿cuál es tu necesidad? Porque voy a orar por ti y tu situación va a cambiar. ¿Qué necesitas? Necesito sanidad. Vamos a orar porque vas a ser sano. ¿Qué necesitas? Ser libre de este demonio que me atormenta. Vamos a echarlo fuera. ¿Por qué? Porque el poder de Dios está en mí, y vamos a hacerlo y vamos a orar.

 

No podemos llegar con palabras de sabiduría humana, no podemos llegar con palabras que consideremos que van a convencer, que son persuasivas para la gente, ¡no! Tenemos que llegar con poder, con el poder de Dios. Cuando la gente ve que hay poder, entonces la gente cree que existe una diferencia entre el cristiano y los demás, las demás religiones y aun con otros cristianos. Cuando la gente ve manifestarse el poder de Dios en ti, y que suceden milagros, señales, maravillas, entonces van a buscar a Dios.

 

Dice la Palabra del Señor que la gente buscaba al Señor Jesús. Lo veían, ah el Señor Jesús está allá. Voy a llevarle a mi enfermo. Ah pero este amigo nuestro no camina, es un paralítico. Sí, pero si lo llevamos allá, el poder que hay en ese hombre lo va a sanar, vamos a llevarlo. Y lo llevaron y sanó. Ese mismo poder de ese hombre, de Jesús, está en ti. Y no tienes que esperar a que vengan a ti para buscar bendición, tú ve a la gente.

 

Había una persona, daba su testimonio un hermano en Cristo, que él se convirtió y entonces le declararon por revelación del Señor, que iba a ejercer el don de sanidad. Y entonces él dijo: ¿cómo le puedo hacer, cómo puedo ejercer esto que Dios me ha dado? Dice: ya sé. Y se fue a una farmacia, y entonces ahí en la farmacia cuando llegaba una persona a comprar medicamento, a la hora que iba a salir se acercaba y él decía: oiga fíjese que yo soy cristiano, y me gustaría orar por su enfermo, ¿me lo permite, la puedo acompañar? Y entonces la gente le decía: sí, vamos.

 

Y entonces iba, visitaba al enfermo, oraba por él declarando sanidad y salía, y regresaba a la farmacia. Y a la siguiente persona que salía de la farmacia le decía exactamente lo mismo. Era un hombre que ejerció el don que Dios le había dado y Dios con poder sanaba a los enfermos. Y a la hora que él dejaba de orar por el enfermo, entonces en ese momento les predicaba de la Palabra de Dios, de la salvación en Jesucristo. Pero la puerta que él abría primero, era la del poder del Señor, no era otra, no eran palabras, era el poder de Dios.

 

 

1 Tesalonicenses 1:5 Pues nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre, como bien sabéis cuáles fuimos entre vosotros por amor de vosotros.

 

El apóstol Pablo insiste y ahora a los tesalonicenses de la manera que él llegó a compartirles la Palabra, el Evangelio, ¿de qué manera fue? No fue con palabras nada más, fue en el poder, con palabras y con acción, mostrando el poder de Dios a través de la oración. Orando por enfermos, sanando enfermos, liberando cautivos, liberando oprimidos, haciendo grandes cosas. Así el apóstol Pablo se abrió puertas en Tesalónica.

 

Nosotros podemos abrirnos las puertas en las casas de amigos, de familiares, de conocidos, ¿cómo? A través del poder, no solamente de las palabras. ¿Qué pasa cuando viene algún cristiano a compartirnos? Desde que empieza: ah mira déjame compartirte de Cristo Jesús. En la mente del no cristiano es: otra vez no, ya, ya, ya me han hablado mucho. 

 

Cuando alguien a mí me decía: mira, te voy a hablar de Jesucristo. No, no me hables.  Los amigos de Maru mi esposa cuando éramos novios, cuando ella estaba en los jóvenes, en la reunión de jóvenes y alguno de ellos se acomedían para hablar conmigo.

 

Muchos se acomidieron en nueve años, cuando alguien venía y me empezaba a decir algo, yo de inmediato le decía: ¿Sabes qué? Gracias, así estoy bien. No que mira, que te voy a decir... No, no me digas, llevo prisa, gracias, no te quiero oír, tal vez algún día. Es que mira que esto... Así vivo yo feliz, gracias. Hasta que el Señor me agarró, y me agarró con poder, en el poder del predicador. Dios habló a través de él diciendo lo que yo estaba pensando. ¡Éste si le sabe! Pues sí, era el Señor en él.

 

El apóstol Pablo dice: no fui solamente con palabras, con palabras como ya lo había dicho, de excelencia o de sabiduría humana. Fui con poder, con el poder del Espíritu Santo, haciendo manifestaciones del poder. Por lo tanto, el Evangelio lo tenemos que compartir en poder, así de sencillo.


Hechos 19:11  Y hacía Dios milagros extraordinarios por mano de Pablo.

 

Fíjate qué maravilla, claro, lo sabemos, no somos nosotros es Dios en nosotros, es el Espíritu Santo, el Espíritu de poder en nosotros actuando y haciendo una obra, manifestando el poder. Así es. El apóstol Pablo un instrumento idóneo de Dios, para que Dios pudiera hacer milagros a través de él.

 

Muchas ocasiones los cristianos luego piensan: Ah qué tal si yo fuera como Pablo, o como Pedro, o como cualquiera de esos discípulos tremendos del Señor Jesús. La pregunta es: ¿y qué haces para que esto se dé? Porque puede ser, tenemos el mismo Espíritu Santo, tenemos el mismo poder, tenemos al mismo Dios, lo único que necesitamos es quererlo hacer. 

 

Versículo 12  De tal manera que aún se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían.

 

El poder de Dios actuando aun a través de la ropa de la gente. Ha habido personas que han venido y me han dicho: es que tengo un enfermo en casa, o hay un amigo enfermo, un familiar que está enfermo. Y le hemos dicho: préstame una prenda de vestir. Y entonces nos prestan un suéter, una chamarra o lo que sea, y oramos y ungimos esa prenda para que llegue y se lo pongan a la persona enferma, y la persona sana por el poder de Dios.

 

Cantidad de personas sanando de ese modo, ejerciendo aquí el apóstol Pablo el poder de Dios. No puedo ir yo, pero sí puedo orar y ungir una ropa para que se la pongas al enfermo y el enfermo sane. La otra, como dijo nuestro Señor Jesús cuando vino el Centurión a interceder por su sirviente: Jesucristo le dijo: voy a ir a orar por él allá a tu casa.

 

Y el Centurión le dijo: no Señor, no vayas a mi casa yo soy pecador, no puedes entrar en mi casa, tú eres santísimo, mi casa no es santa. Pero tú eres un hombre de autoridad, le dijo el Centurión a Jesús, y lo que tú dices se hace y se cumple. Yo soy un hombre de autoridad en el ejército romano, y lo que yo le ordeno a un soldado, el soldado lo hace. Por lo tanto, yo te pido que en la autoridad que tú tienes sanes a mi criado que está en mi casa muriendo, y él será sano.

 

Y el poder de Dios manifiesto, el Espíritu Santo, el Señor Jesús declara sanidad sobre el siervo del Centurión, y el siervo sana en ese momento. Cuando llega el centurión a su casa resulta que lo recibe en sus labores normales el siervo. ¡Gloria a Dios! Puedes orar por una persona aunque esté en otro lugar, puedes declarar sanidad, puedes declarar bendición y se va a cumplir. Tienes autoridad, la autoridad que Jesús te ha dado.

 

El Espíritu Santo te llena, si tú buscas la llenura del Espíritu Santo a través de la oración, a través de hacer lo que tienes que hacer, entonces también va a pasar lo que sucedió con Pedro. Pedro iba caminando y la sombra, su sombra, si esa sombra tocaba a algún enfermo, en ese momento el enfermo era sanado, se levantaba por la unción, el poder de Dios.

 

Es lo mismo, y Dios nos quiere llevar a un tiempo en donde entendamos precisamente, que el reino de Dios es poder, que el reino de Dios no son palabras. No son palabras de excelencia, ni palabras persuasivas, ni palabras de sabiduría humana; el reino de Dios es poder, y el poder está en nosotros que tenemos al Espíritu Santo, tenemos que ejercerlo. Ejércelo, entra en comunión con el Señor y haz lo que tienes que hacer.  

 

Bendito Dios y Padre eterno, en el nombre que es sobre todo nombre, en el nombre de Jesús, en esta hora levanto delante de tu presencia a este remanente, y en el nombre de Jesús y en la autoridad que él me ha dado, en esta hora yo ato todo aquello que se levanta como un obstáculo en cada uno de mis hermanos para no cumplir con tu palabra. Ato y sujeto todo espíritu que se levanta en contra de tu propósito de poder en mis hermanos.

 

Y desato en el nombre de Jesús, el espíritu de poder en cada uno de ellos. Desato en esta hora la convicción para que cada uno ejerza ese poder que tú has dado a través de tu Espíritu, para que su predicación, sus palabras no sean de sabiduría humana, no sean persuasivas ni de excelencia, sino que sea el poder tuyo a través de ellos manifestándose a la gente para que la gente sepa que tú eres un Dios vivo, un Dios que los quiere bendecir.

 

Un Dios que los quiere llevar a vivir al reino de los cielos, y que quiere aun establecer aquí con ellos tu reino Padre. Manifiéstate con poder a través de este remanente. Es un tiempo nuevo el que tú estás poniendo una nueva unción la cual está fluyendo en medio nuestro. Que esa unción sea para hacer lo que tenemos que hacer, y que lo hagamos y que estemos plenamente convencidos de ello. Y Padre en el nombre de Jesús, te doy gracias por la vida de cada uno de mis hermanos y de las familias aquí representadas, en Cristo Jesús, amén.

 

Dios los bendiga.