INSTITUTO LEVANTARÉ, A.R.

 

LA OBEDIENCIA TRAE BENDICIÓN

 

José Antonio Cano Mirazo

 

 

 

Hechos 2:1-4 Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. 2Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

 

Vamos a ubicar en primer lugar lo que estaba sucediendo  que relata el libro de los Hechos. Dice la Escritura que cuando llegó el día de Pentecostés. La palabra Pentecostés es una palabra en griego, en el hebreo es Shavuot, y en español son Las Primicias; es una fiesta que Dios ordenó que se celebrara, una fiesta que le dijo al pueblo que tenía que llevar a cabo como agradecimiento de las cosechas que ellos iban a tener.


En el libro del Éxodo 34:22
También celebrarás la fiesta de las semanas, la de las primicias de la siega del trigo, y la fiesta de la cosecha a la salida del año. Nosotros podemos advertir cómo Dios le ordena al pueblo de Israel algo que iba a tener que hacer. Tenía apenas el pueblo unos meses de haber salido de Egipto donde vivió por más de 400 años, y la gran parte de estos años fue esclavo de Faraón, fueron esclavos de los egipcios.


Dios les estaba adelantando lo que iba a suceder, lo que iba a pasar, Dios los estaba sacando de la tierra de Egipto para llevarlos a una tierra, la tierra prometida. Pero aún le faltaba, lo sabemos, 40 años de caminar por el desierto, y ya Dios les estaba revelando lo que iban a tener que hacer, ya les estaba diciendo que iban a tener que entrar a esa tierra, que la iban a tener que conquistar, que la iban a tener que sembrar y una vez que estuvieran dando fruto, de ese fruto le iban a traer las primicias al Señor como gratitud por lo que Él estaba haciendo.

 

Lo que nosotros recibimos por nuestro trabajo, la remuneración que nosotros tenemos es una bendición del Señor. Y nosotros le tenemos que dar gracias a Él por ello, le tenemos que dar gracias por lo que Él hace y por su gran cuidado por nosotros. También dice la Escritura qué tenían que llevar a la casa de Dios estas primicias.

 

Éxodo 34:26 Las primicias de los primeros frutos de tu tierra llevarás a la casa de Jehová tu Dios. No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

 

Y a mí me llama mucho la atención porque esto Dios se lo dijo al pueblo de Israel cuando los sacó de la tierra de Egipto, es decir, allá por el año 1491 antes de Cristo; en ese año Él le declara que lo tendrían que llevar a su casa. Dios en estos momentos no tenía una casa dónde se congregaran los israelitas, y Dios ya les estaba diciendo: Van a tener que hacer esto de este modo, lo van a tener que hacer así.

 

Nosotros sabemos y lo podemos leer en la Escritura, que cuando se construye el templo de Jerusalén, entonces de acuerdo a la palabra dada por Dios desde un principio, el pueblo empieza a llevar sus primicias precisamente a Jerusalén, al templo que ahí se había edificado. Y cada año así lo hace el pueblo; no importa dónde vivieran tenían que darse el tiempo para ir hasta Jerusalén y presentar las primicias de acuerdo a la voluntad de Dios, de acuerdo a lo que Dios estableció.

 

Por esta razón dice la Escritura, y nosotros lo podemos mirar en Hechos 2, que se encontraban en Israel, israelitas de muy diversas ciudades; algunas muy lejanas pero que venían a celebrar la fiesta de Pentecostés, Shavuot, de las Primicias, ahí se encontraban. Y podemos advertir nosotros algo que es muy importante, dos mandatos del Señor que el pueblo de Israel obedece aquí en Hechos 2.

 

Primero: Que presentara las primicias de su cosecha.  Segundo: Que las llevara a la casa del Señor, y los llevan al templo de Jerusalén.

 

Pero también dice aquí en Hechos 2:1 Estaban todos unánimes juntos. Recordemos que Dios les había dado la orden, el Señor Jesús antes de ascender a los cielos le dijo a los discípulos y a los creyentes que estaban ahí reunidos, a los más cercanos, que tenían que estar juntos esperando la promesa del Señor. ¿Cuál era esa promesa? La venida del Espíritu Santo. Que tenían que esperarlo unánimes juntos.

 

Y entonces 120, incluyendo a los discípulos, se reunieron en el aposento alto y ahí estaban orando, estaban en un mismo sentir, estaban juntos esperando el día de la promesa. Ellos no sabían cuándo iba a ocurrir esto. De la resurrección de nuestro Señor Jesucristo pasaron 40 días para su ascensión, para su ascenso al cielo; y 10 días estuvieron los 120 unánimes juntos orando en el aposento alto, 10 días para el día del Pentecostés.

 

Insisto, ellos no sabían, no tenían idea cuándo iba a descender el Espíritu Santo, cuándo se iba a dar cumplimiento a la Palabra de Dios, pero ahí estaban en obediencia. Una vez más nosotros podemos advertir que la obediencia, ahora de estos 120, jugó un papel muy importante para que Dios cumpliera con sus propósitos, para que viniera la promesa del Espíritu de Dios.

 

Tenemos que resaltar el hecho de que no eran días fáciles los que estaban viviendo en Jerusalén. Sabemos que había persecución, que había problemas muy severos, que había una persecución fuerte en contra de lo creyentes de Jesucristo no solamente de parte de las autoridades sino también de parte de los fariseos, de los saduceos, del Concilio de Jerusalén, en fin, había una gran persecución pero a estos 120 no les importó toda la aflicción que había.

 

Y esto me lleva a pensar algo que también considero que es importante. No importan las aflicciones, las circunstancias que nosotros estemos viviendo, si nosotros obedecemos lo que Dios establece, vamos a tener la bendición de Dios, vamos a recibir las promesas que Dios tiene para nosotros. Esas promesas que aún nos ha hecho, esas promesas que están en su Palabra se van a  cumplir siempre y cuando nosotros hagamos lo que tenemos que hacer.


Dios lo único que necesita para cumplir, es que nosotros seamos obedientes a su Palabra, que nosotros hagamos lo que él dice y entonces va a venir al bendición. No hay otra, Dios no tiene por qué retener una bendición si nosotros estamos cumpliendo. Yo puedo advertir cómo las ordenes que Dios les dio a estos 120, las cumplieron y fue posible que Dios hiciera la parte que le correspondía y trajo la bendición.

 

Insisto, los creyentes de Jesucristo en esos días estaban escondidos, tenían miedo de ser llevados al Concilio, tenían miedo de ser detenidos, encarcelados.  Sabemos que un hombre por ahí, Saulo de Tarso era terrible perseguidor de los creyentes, los detenía y los llevaba al Concilio para que fueran juzgados, algunos eran crucificados. En fin, había una situación muy tensa en esos días, sin embargo, el que ama al Señor obedece su Palabra, obedece sus mandatos. Y si Dios te dice haz, y tú lo amas lo vas a hacer, no importa lo que se esté viviendo, lo haces.


Dice al Escritura que al décimo día de la ascensión de nuestro Señor Jesucristo, es decir, al día 50 de su resurrección entonces fue el día del Pentecostés. Y ese día sucede algo sorprendente, Dios hace siempre cosas maravillosas.

 

Hechos 2:2-4  Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; 3y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

 

Dios estaba llevando aquí, estaba manifestando el segundo evento más importante de toda la historia de la humanidad. El primero sabemos, fue el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, la forma en la que nació. El segundo, la venida del Espíritu Santo. En la antigüedad el Espíritu Santo venía sobre alguna persona en lo específico, en lo particular para cumplir un propósito; y una vez cumplido ese propósito se apartaba de él.


Es decir, que el Espíritu Santo venía, cumplía con algo y se iba. Así estaba el Espíritu de Dios, no permanecía. ¿Hasta cuándo dice la Escritura que permaneció? Cuando nuestro Señor Jesucristo se bautizó, cuando él emerge de las aguas, dice la Escritura que descendió del cielo el Espíritu Santo en forma de paloma, se posó sobre él y el Padre dijo: éste es mi Hijo en quien yo tengo complacencia.

 

Entonces nosotros podemos advertir que ahí fue el Espíritu Santo ya permanente en nuestro Señor Jesucristo. Y ahora aquí en el Pentecostés estaba descendiendo el Espíritu Santo para posarse, para entrar en el espíritu del hombre y fusionarse a todos los creyentes que así lo deseaban, que así lo sabían. Fue por lo tanto un evento muy importante el cual continúa dándose cada vez que alguien le dice al Señor: Sí, yo te acepto, yo te recibo, yo quiero caminar conforme y tu propósito, quiero de tu Espíritu Santo, quiero que venga a mí.

 

Y por lo general en el momento que salimos de las aguas al ser bautizados, desciende del mismo modo que descendió en Jesús el Espíritu Santo, y se fusiona a nuestro espíritu y ya no vuelve a separarse. Es como que quedara amalgamado con nuestro espíritu, y así va a estar y jamás se va a separar, siempre va a estar con nosotros.

 

Insisto que Dios pudo llevar a cabo este derramamiento del Espíritu Santo en todos los que ahí estaban, debido a la obediencia de esos 120. Dice la escritura que ahí estaban unánimes juntos, vino un viento recio que llenó el aposento alto y sobre todos el Espíritu Santo se posó. Y sobre los 120 y en ellos empezó a hablar, y empezaron a hablar en nuevas lenguas, empezaron a hablar lenguas que ellos no conocían. 

 

Esto fue posible por la obediencia de esos 120 ahí reunidos, reunidos en oración, en un mismo sentir, en un mismo pensar. No estaban reunidos criticándose, juzgándose, hablando unos de otros; estaban unánimes juntos orando, clamando al Señor para que las promesas de Dios se cumplieran. Jesucristo les había dicho en Hechos 1:8-9 Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra. 9Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le recibió una nube que le ocultó de sus ojos.

 

Por lo tanto nosotros podemos advertir, cómo esta promesa del Señor Jesús, el Señor Jesús les está diciendo: yo ya les declaré, yo ya les dije; leemos en el Evangelio que en varias ocasiones el Señor les habló sobre la venida del Espíritu Santo. El Señor Jesús les dijo: No se van a quedar solos, yo me voy pero va a venir el Fiel Consolador, va a venir a ustedes. Por lo tanto no estén tristes, no se entristezcan porque van a recibir poder. Van a recibir poder por esta venida del Espíritu de Dios.

 

Y ahí estaban estos 120 hablando en lenguas. Imagina qué momento tan especial, estos 120 durante 10 días ahí escondidos por la situación, insisto, que se vivía en Jerusalén, por la persecución que había. Y de repente un alboroto, todo mundo hablando en lenguas, no hablando bajito, todo mundo hablando fuerte haciendo un gran escándalo. Tanto que la gente que estaba ahí en Jerusalén lo notó, les llamó la atención y empezaron a ver de qué se trataba, qué estaba sucediendo.


Estaban los presentes ahí, los que habían ido al Pentecostés, que habían llevado sus primicias, estaban viendo que algo estaba ocurriendo, algo extraño, algo diferente; estaban hablando en un idioma que ellos conocían, que ellos entendía.

 

Hechos 2:5-12  Moraban entonces en Jerusalén judíos, varones piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6Y hecho este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua.

 

¿Qué significa esto? Todos los hebreos hablaban dos idiomas, el hebreo y además el idioma del lugar en donde nacieron, de donde eran oriundos, de ese lugar. Entonces por eso escuchaban no en hebreo a los 120, sino que estaban hablando en lenguas pero en unas lenguas que entendían, y cada uno de los presentes que hablaba una segunda lengua, los entendían también, porque dice:

 

Versículos 7-12  Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9Partos, medos, elamitas, y los que habitamos en Mesopotamia, en Judea, en Capadocia, en el Ponto y en Asia, 10en Frigia y Panfilia, en Egipto y en las regiones de África más allá de Cirene, y romanos aquí residentes, tanto judíos como prosélitos, 11cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios. 12Y estaban todos atónitos y perplejos, diciéndose unos a otros: ¿Qué quiere decir esto?

 

Imagina qué impacto tan tremendo por lo menos menciona aquí la palabra de Dios a 10 personas de una nacionalidad diferente, que hablaban un idioma diferente y estaban entendiendo lo que decían los 120 que estaban reunidos. Estaban hablando otro idioma y lo estaban entendiendo. ¿Qué estaban hablando? ¡Las maravillas de Dios! Los 120 no sabían qué decían, estaban hablando en lenguas conforme y el Espíritu les daba que hablasen.

 

Y hablaban, y hablaban en voz fuerte, en voz alta; y éstos los oían y se maravillaban, decían: ¡Wow, mira qué maravilla! Están hablando en un idioma que ellos no conocen pero yo sí lo conozco porque soy de ese lugar donde se habla ese idioma, y estoy oyendo que me están hablando sobre las maravillas de Dios. Pero como siempre no todo mundo cree, no a todo mundo le parece bien las cosas de Dios; hay gente que critica, hay gente que juzga.

 

Versículo 13 Mas otros, burlándose, decían: Están llenos de mosto. ¡Éstos están borrachos! Fíjate qué impresionante, mientras unos dicen qué maravilla, me están hablando, me están testificando de Dios. Otros dicen: ¡éstos están borrachos! Como sucede hoy día con la gente que está a nuestro alrededor. La gente que está a nuestro alrededor lo menos que dice es que estamos locos, lo menos. Imagina todo lo que tú quieras, lo dicen, lo piensan.

 

Así es la gente, no todos tienen la capacidad para escuchar las maravillas de Dios, no todos tienen la capacidad para escuchar que hay nuevas lenguas, que Dios hace milagros, que Dios hace cosas sorprendentes, que el Espíritu Santo es un Espíritu de poder; no solamente es una palomita como lo han puesto la iglesia tradicional durante siglos. Al Padre lo ponen como una persona toda canosa, todo viejito; al Hijo, joven; y en medio ahí una paloma que dicen que es el Espíritu Santo. ¡No, no es eso!

 

El Espíritu Santo es un Espíritu de poder, de amor, de dominio propio, pero es un espíritu de poder. Por eso nuestro Señor Jesucristo les dijo a sus discípulos, esperen el Espíritu de Poder, recibiréis poder ese día que venga el Espíritu Santo. ¿Poder para qué? Poder para hacer todo lo que Dios quiere que hagan. Poder para testificar, poder para sanar, poder para resucitar, poder para hacer la obra de Dios, poder para predicar la Palabra, poder para predicar, poder para hacer todo lo que debemos hacer de acuerdo a la voluntad de Dios.

 

Dice la Escritura aquí mismo, que entonces se levantó un hombre llamado Pedro, para decirle a esa gente que estaba escuchando, que estaba maravillada, qué es lo que estaba sucediendo. Y lo primero que les dijo es: éstos no están borrachos, porque además es muy temprano, son las 9:00 de la mañana, no están borrachos, ¡es el Espíritu Santo que ha descendido! Y empieza a hablar, empieza a testificar ahora él de las maravillas de Dios.

 

Fíjate qué poder trajo el Espíritu Santo sobre Pedro; en ese momento un hombre que había sido miedoso, un hombre que tenía temor de las autoridades, un hombre que tuvo temor de decir que sí conocía a Jesús, que lo negó tres veces; en este momento se levanta y habla ante una gran multitud. Habla ante más de tres mil personas y no le importa lo que pudiera pasar, él da testimonio del Señor Jesús.

 

Primero insisto, habla de las maravillas de Dios, habla de las promesas de Dios, habla de lo que dice la Escritura desde la época de cuando estaban en Egipto, de cuando David era rey; de las promesas que le había hecho Dios a David y que se habían cumplido en Jesucristo, y habla sobre Jesucristo. Habla sobre la resurrección, y todos los que estaban ahí lo escuchan.

 

Hechos 2:41 Así que, los que recibieron su palabra fueron bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas.

 

Imagina el discurso de Pedro, la predicación de este varón, impresionante. Tres mil personas aceptaron al Señor, tres mil personas se bautizaron, tres mil personas recibieron el Espíritu Santo, ¡Qué tremendo, algo impresionante! ¿Por qué? Por el poder del Espíritu Santo. Porque el Espíritu Santo es un espíritu de poder. Y se está cumpliendo los propósitos del Señor, aquí se estaban cumpliendo el propósito de Dios para con su pueblo, para con esos primeros creyentes.

 

Y aquí se levanta la primera cosecha también, tres mil para la gloria de Dios, tres mil que van a empezar a caminar conforme y la voluntad de Dios. Todo ¿por qué? Porque obedecieron. Por una parte unos obedecieron llevando para el día de Pentecostés sus primicias a Jerusalén, al templo. Otros obedecieron esperando la promesa de la venida del Espíritu Santo. Dios los conjuga y sucede algo maravilloso: tres mil personas reciben el Espíritu de Dios, reciben al Señor.

 

Tres mil personas lo reciben es decir, había muchísimos más que estaban ahí cumpliendo, que no pusieron argumentos para no asistir y no llevar sus primicias. Ah es que está lejos, cómo vamos a ir hasta allá, es que mi familia, es que va a pasar esto, va a pasar lo otro, es que cómo. Mucho más de tres mil obedientes al Señor, obedientes 120 que no pusieron pretexto diciendo: pero es que cómo vamos a estar en un aposento alto con este calor, o sea, para qué vamos a estar ahí orando, qué tal si nos descubren los religiosos y nos detienen, y nos encarcelan y vamos a tener conflictos. ¡No, ni ningún cuestionamiento para no cumplir!

 

Cuando Dios dice algo tenemos que hacer lo que Él establece, porque detrás de ello viene la bendición, va haber bendición. Cuando nosotros leemos la Palabra vamos a encontrar con que siempre Dios dice: Si tú haces esto, yo voy hacer esto otro. Si tú haces, yo hago. Haz lo que yo te digo y vas a ver la bendición que yo te voy a dar.


Nosotros podemos ver en Deuteronomio 26:16-17
Jehová tu Dios te manda hoy que cumplas estos estatutos y decretos; cuida, pues, de ponerlos por obra con todo tu corazón y con toda tu alma. 17Has declarado solemnemente hoy que Jehová es tu Dios, y que andarás en sus caminos, y guardarás sus estatutos, sus mandamientos y sus decretos, y que escucharás su voz.

 

O sea, Dios está diciendo que este pueblo que fue aquí cuando recibieron la orden de llevar las primicias, ahora ya estaban por entrar a la tierra prometida, ya estaban a días de entrar; le dice: cuando lo traigan ustedes van a declarar que ustedes van a hacer esto. Dios lo toma por hecho y entonces dice: ok, ustedes ya declararon que van a cumplir con lo que yo les digo.  Y veamos lo que dice el siguiente versículo:

 

Versículos 18-19 Y Jehová ha declarado. O sea, tú haces tú parte y entonces Dios hace la otra, y Dios se compromete y Dios declara lo que ÉL va a hacer. Y continúa diciendo: Y Jehová ha declarado hoy que tú eres pueblo suyo, de su exclusiva posesión, como te lo ha prometido, para que guardes todos sus mandamientos; 19a fin de exaltarte sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria, y para que seas un pueblo santo a Jehová tu Dios, como él ha dicho.

 

¡Gloria a Dios! Tú has, tú cumple te dice Dios, y Dios te dice: y yo me comprometo contigo, y yo declaro que te voy a proteger, que te voy a proteger, que te voy a cuidar, que te voy a prosperar, que voy a estar al pendiente de ti, que te voy a exaltar entre todas las naciones. La economía mundial hoy en día es movida por el pueblo de Israel, por los israelitas en todo el mundo, ellos son los que tienen el control de toda la economía.

 

¿Por qué? Porque Dios se las dio desde entonces. ¿Por qué? Porque el cumplimiento de su voluntad, porque el pueblo hizo lo que el Señor le dijo que hiciera. Y a mí me llama mucho la atención eso porque nosotros estamos posicionados en un momento en el cual podemos ser muy bendecidos, más allá de lo que nosotros nos imaginamos, de lo que nosotros pensamos si hacemos lo que el Señor establece que hagamos.

 

Cuando nosotros obedecemos la Palabra de Dios, cuando obedecemos lo que dice la Escritura, nosotros nos estamos posicionando para ser bendecidos. Le estamos diciendo al Señor aquí estoy, yo estoy cumpliendo, haz que tus promesas vengan a mi vida. Y aunque no se lo digamos nos estamos posicionando en ese momento, en un momento correcto para recibir bendición. Así es, y Dios es fiel, y Dios va a cumplir con todo lo que dice.

 

No necesitando ni presionarlo, ni le necesitamos decir: oye Dios es que tú dijiste que ibas a hacer y no has hecho. Dios ¿sí te acuerdas lo que tú declaraste, lo que tú dijiste en tu Palabra? No necesitamos, hagamos nada más lo que Él dice que tenemos que hacer, y entonces todo vendrá a nuestra vida. Nosotros no podemos esperar que Dios cumpla sus promesas si nosotros no cumplimos con la parte que nos corresponde cumplir, así de sencillo. Y eso es normal, eso es elemental.

 

Yo recuerdo muchas ocasiones que, yo al principio en la escuela fui muy rebelde, y fui muy flojo y me iba de pinta. En la secundaria yo empecé ya a irme de pinta, en la preparatoria no se diga, perdí un año en la preparatoria. Ya después en la carrera ya como que me enderecé, pero en la preparatoria fui un desastre. Y mi papá se cansaba de hacerme promesas para ver si alguna pegaba y yo me enderezaba.

 

Y siempre me decía. Mira, tráeme buenas calificaciones y yo te voy a dar esto, y yo voy a hacer el otro. No repruebes ninguna materia y… Venían promesas, promesas que nunca vio, no porque él no cumpliera sino porque o no cumplía. Iba mal en la escuela, reprobaba materias, era un desastre. Pero había cosas que luego yo le decía a mi papá que me diera, como que se me olvidaba y entonces le decía: Oye me dijiste que me ibas a dar esto, ¿qué pasó? No me lo has dado. Y de inmediato mi papá me decía: Ni te lo voy a dar, reprobaste, no te lo voy a dar.

 

Ya en la Licenciatura, ya que me enderecé ya no me hacía promesas, bueno. Ya no importó, ya era yo grande. Yo puedo advertir cómo Dios es muy así, Dios nos dice: Haz esto y yo voy a hacer. Cumple con esto y yo te voy a cumplir con esto otro. Si tú haces, yo hago. Dios no nos dice: yo voy a hacer y entonces después de que yo haga, tú haces algo. ¡No! Podemos advertir siempre y si tú haces yo voy a hacer.

 

Dios prometió a los discípulos que vendría el Espíritu Santo, que no se quedarían huérfanos, que vendría el Espíritu Santo para cumplir un propósito muy específico, para hacer una serie de cosas muy importantes.

 

Vamos a ver en Juan, en primer lugar vamos a ver cómo Jesucristo hace una promesa. Juan 14:15  Si me amáis, guardad mis mandamientos. Si tú me amas, guarda mis mandamientos. Versículo 16  Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.  Es decir, Jesús está diciendo algo: tú si me amas, guarda mis mandamientos. Y si tú los guardas entonces yo le voy a decir al Padre que envíe un Consolador que esté contigo para siempre, un Consolador que esté en ti y que nos e vaya, que permanezca.


El Espíritu Santo, él es quien va a estar, nos e va a ir, va a permanecer en ti. Cuando tú estés triste, cuando tú estés decepcionado, cuando tú estés afligido, cuando tú tengas problemas, cuando tu corazón no encuentre paz; mira, en ti está el Espíritu Santo que es un Espíritu de consolación, y te va a consolar y te va a fortalecer.  Ora, busca el rostro del Señor y el Espíritu Santo te va a llenar. No hay nadie que te pueda dar palabras de consuelo como lo que el Espíritu Santo hace en tu interior para levantarte, para fortalecerte, no lo existe.

 

Cuando me veo en la necesidad de ir a un velorio, a algún sepelio; que a mí en lo personal ya se los he dicho en muchas ocasiones, ¡no me gusta! No es algo que me agrade, y como sé que a muchos tampoco, yo los libero de tener que ir a mi sepelio, no me voy a sentir. Si quieren no vayan no hay ningún problema, en verdad. Yo puedo ver la aflicción de la gente, los seres, los familiares más cercanos, más queridos sufren mucho por la pérdida de alguien.

 

No importa que sea creyentes ¡se sufre! Y se sufre porque físicamente ya no vas a estar con esa persona. Físicamente ya no va a estar esa persona contigo, y se sufre, Y no existen palabras que tú puedas decir que consuelen un corazón que en esos momentos está tan adolorido, ¡no las existen, no las hay! ¿Qué decir? ¿Te acompaño en tu dolor? Pues es tan vacío. Sí seguro, sabemos que ni lo sentimos así, ni va a ser como lo siente la persona. Ah ya sabes lo que siento. No, pues no. ¿Qué podemos decir?

 

Entonces es tan complicado, tan terriblemente complicado; desde el momento en que llegas, ¿cómo saludas a una persona, a la más cercana del difunto? ¿Buenos días, buenas tardes? Yo en lo personal no sé ni qué decir. ¿Hola? Cómo le vas a decir a una persona buenas tardes cuando se le acaba de morir a quien más quería. O sea, para mí es tan complicado eso, que yo siempre le digo al Señor. Señor sé tú, tu Espíritu Santo, Espíritu de consolación, consuela el corazón de esta persona que está dolido, consuélalo, solamente tú lo puedes hacer.


Y nuestro Señor Jesucristo les estaba diciendo a sus discípulos, le voy a pedir al Padre que envíe ese Espíritu de Consolación porque yo ya no voy a estar. Más de tres años el Señor Jesús estuvo con sus discípulos; yo creo que fue extraordinariamente maravilloso, el mejor tiempo que pudieron haber vivido ¡en la presencia de Jesús! ¿Y que te lo quiten? ¡Que dolor tan profundo! ¿Qué necesitaban? Un Espíritu, necesitaban a alguien que los consolara en esos momentos tan complicados. Y Jesús les estaba diciendo: Yo le voy a pedir al Padre que lo envíe, y lo va a enviar.

 

Y luego dice en el Versículo 23 Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. Y dice en el Versículo 26 Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho.

 

La función del Espíritu Santo, una función muy especial, no solamente te va a consolar sino que dice que también va a traer poder a tu vida; pero también te va a guiar; también te va a instruir; también te va  a testificar. Nosotros tenemos la posibilidad de creer en los milagros de Jesús, podemos creer lo que dice la Palabra por una sola razón, porque el Espíritu Santo nos da testimonio de lo que está escrito.

 

Por eso hay mucha gente que dice: No, es que yo no creo lo que dice la Biblia. No lo puedes creer con tu mente humana, ¿qué es lo que necesitas? Necesitas como dice la Palabra al Espíritu Santo que te de testimonio de lo que dice la Escritura de lo que hizo Jesús. Lo necesitamos si no, no vamos a creer. ¿Quién te redarguye de pecado? Tú, ¿por qué puedes decir soy pecador, Padre pequé, perdóname? Porque el Espíritu Santo es el que te redarguye de pecado.

 

Mientras el Espíritu Santo no te redarguye, tú no puedes reconocer, no puedes aceptar que pecaste. ¡Es el Espíritu de Dios, el Espíritu Santo! Y nuestro Señor Jesucristo dice: Y este Espíritu es el que va a venir. Es por ello, por ese Espíritu de poder que nosotros podemos hacer lo que Jesús dice que haríamos.

 

Juan 14:12 De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre.

 

¿Por qué podemos hacer lo que el Señor Jesús hizo, y aun cosas mayores? Por el Espíritu Santo que está en nosotros, por eso. Es por ello que yo puedo advertir la importancia que tuvo la obediencia con todos los que estuvieron ahí presentes en el día de Pentecostés. Yo puedo advertir cómo Dios hizo algo muy especial, algo que Él había ordenado a su pueblo que hiciera. El Padre hizo algo especial también, porque el Hijo habló con Él y le dijo envíalo. Y envió al Fiel Consolador.

 

Y lo envió en un momento muy importante, en el momento tal vez más crítico que estaba viviendo los primeros creyentes en Jesús, los primeros que estaban esperando las promesas de Dios. Aquellos que estaban sufriendo porque se le había quitado al Maestro, porque ya no estaba con ellos.

 

Y el Señor viene, el Padre y trae al Espíritu Santo precisamente en un día tan especial donde estaba la posibilidad de que más gente recibiera al Espíritu Santo. Los primeros fueron 120, pero de ahí ene se momento todos los que escucharon la Palabra, todos los que aceptaron, todos los que creyeron, todos los que se bautizaron; más de tres mil personas recibieron el Espíritu de Dios, un Espíritu de poder. Imagina cómo regresaron a sus lugares de origen, plenamente bendecidos con algo que ellos no se imaginaban que iba a suceder.


Sabían de la Escritura, sabían lo que dijo el profeta Joel,  que en los postreros tiempos Dios derramaría del Espíritu de Dios sobre toda carne, y la obra que haría y las señales que haría a través de esos creyentes, por ese derramamiento. Y Pedro les está diciendo: ¡ahora es, éste es el día precisamente en el cual Dios ha escogido para llevar a cabo el cumplimiento de la promesa de Joel! ¡Qué extraordinario, qué maravilloso!

 

Yo lo que puedo advertir de todo esto es, afirmarme en el Señor y obedecer lo que Él dice porque siempre va a traer bendición, siempre.

 

Bendito Dios, Padre eterno, en el nombre que es sobre todo nombre, te doy gracias Señor, te doy gracias porque tú eres en medio de tu pueblo con gran poder. Te doy gracias porque tú has enviado a tu Espíritu Santo para guiarnos, para fortalecernos, para redargüirnos, para enseñarnos, para convencernos, para testificar de Jesús, de tu Palabra.

 

Gracias Padre porque no solamente enviaste a Jesús para que fuéramos salvos, no solamente él entregó su vida por nosotros, y hoy  nosotros tenemos comunión contigo sino que, Señor pidió que tu Espíritu viniera y hoy está con nosotros dándonos la fortaleza para poder caminar en este mundo que está cada día con mayor conflicto, con mayor problema, con más persecución, ah Padre con tanto deterioro.

 

Pero Señor caminamos confiados en ti, confiados en la obra que tu Espíritu hace en medio nuestro. Y Padre en el nombre de Jesús te damos a ti toda honra y toda gloria, amén.

 

Dios los bendiga.